DISCURSO DE ORDEN EN LA SESIÓN SOLEMNE POR EL 472° ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DE LA CIUDAD DE AREQUIPA

  PRONUNCIADO POR EL ING. JAVIER DÍAZ ORIHUELA EL DÍA 15 DE AGOSTO DEL 2012.

           A 472 años de fundada la Villa Hermosa de Arequipa, en esta señorial casona limeña, sede social de la prestigiada institución Club Departamental Arequipa, nos reunimos, quienes estamos alejados de la madre tierra, para rememorar laureadas virtudes, glorias, rebeldías, hechos y más, atesorados en las páginas de la historia que, al hojearlas, brotan como sueños protagonizados por nuestros ancestros y nosotros mismos. No sería extraño que, llevados por profundas emociones, a más de uno se nos humedezcan los ojos. 

Garcì Manuel de Carbajal, el muy magnífico señor fundador, hundió en la tierra de la bella comarca Arequepay su espada de guerra, junto a la cruz símbolo de divinidad, paz y justicia, un 15 de agosto de 1540, cumpliendo el mandamiento del marqués Francisco Pizarro. Dio, así, inicio a un ser viviente con alma colectiva de trabajo que, con el transcurso de los tiempos, se convirtió en villa hermosa, ciudad, capital de Departamento, de Región y llegó, en un momento,  ser la sede del Virreinato, cuando capitula La Serna en la batalla de Ayacucho y nombran los conquistadores y peruanos españoles a don Pío Tristán y Moscoso, como el último transitorio Virrey.  

Es protagónica urbe del Estado Sur Peruano, cuando entra en vigencia la Confederación Perú Boliviana. Evolución que la lleva a obtener varios títulos: el nobiliario conferido por Carlos V, de Muy Noble y Leal Ciudad; aquel, no menos expresivo, de Blanca Ciudad  por su original arquitectura mestiza en sillar; y aquel otro de Ciudad Caudillo, en mérito a sus sacrificios  en la  permanente defensa de la Constitución, leyes y honor ciudadano arequipeño peruano. 

Permítaseme, Señor Presidente, Ingeniero don Alejandro Pino Gutiérrez, como el directorio que Ud. se honra en presidir y las damas y  caballeros aquí presentes, agradecer la gentil deferencia de todos ustedes al permitirme pronuncie el discurso de orden en la sesión solemne que, año a año, el Club Departamental Arequipa realiza conmemorando sucesivos aniversarios fundacionales de nuestra volcánica ciudad. 

En el pasado inmediato, cuán distinguidos oradores como notables personajes han hecho uso de esta prestigiada tribuna. Hoy lo hago lleno de justificada palpitación, pues, no tuve ese honor durante mis 20 años de parlamentario, Diputado por Arequipa y Senador de la República. En cambio, esta noche de 15 de agosto de 2012, en la sencillez y quietud que dan los años, ustedes me enaltecen con su venia, generosa acogida y aplausos. 

            Arequipa, tuvo, tiene y tendrá una muy especial historia por estar enclavada en una geografía cuya hermosa  naturaleza enorgullece a sus hijos y embelesa a quien la visita.  Lo que permite que le canten elogios y admiración en prosas, versos, pentagramas y lienzos. 

Pero si ello es importante y  genera legítimo orgullo, el reciente preciado título obtenido, el de Patrimonio Cultural de la Humanidad, otorgado por la UNESCO, le da una extraordinaria dimensión en el ámbito del saber mundial. Título por el cual se le reconoce su equilibrada volumetría arquitectónica, labrada en piedra sillar, síntesis de glorias hispánicas como de grandezas del Imperio de los Incas. Ambos con sus propias escuelas artísticas que, en fusión de sangres, originan un simbiótico mestizo tejido urbano con calles, plazas, casonas abovedadas y templos, logrados a la rivera del río Chili, cuyas aguas alimentan el paisaje agrícola de medianas y pequeñas parcelas. Y como  no, a originales andenerías que ganan verdor a la aridez de faldas volcánicas y a lo largo de sus acequias labrantías brota la frágil belleza de la flor símbolo, Texao, y se alzan como centinelas naturales emblemáticos viejos sauces. 

            Con qué elegancia los versos de Bustamante y Rivero describen a su ciudad. Pido licencia para sintetizar uno de ellos: 

            Esas casas viejas de las calles solas.
           Esas casas viejas y destartaladas
           en que la carcoma de los años idos
           desunió las tejas y horadó los nidos.

Esas agrietadas casas españolas
           de churriguerescas y rancias portadas
           con el monograma del Señor Jesús
           tres letras se refieren i una cruz. 

Esas casas grandes de zaguán sonoro
           en que repercuten antiguas pisadas
           de gentes de guerra con espuelas de oro
           esas venerables casas en esquina
           donde la devota fe del vecindario
           pone luminarias ante la hornacina
           del Cristo muriente del Monte Calvario.

Esos paredones de los monasterios,
            largos, en perpetua y heroica clausura,
            detrás de las cuales rezan sus solterías
            con meliflua voz monjitas que visten
            de estameña oscura
            y leen latines por amor de Dios.

Esos campanarios de iglesias ancianas
            en que las campanas tocan a maitines
            bajo la penumbra del amanecer,
            y en que, a los impulsos de valor innato,
            tocan a rebato
            revolucionarios brazos de mujer.

            Ya los viajeros de los siglos XVII al XIX, en sus crónicas y escritos de las impresiones recogidas al visitar la ciudad ponderán su clima tan apacible. Así  lo describe el dominico Fray Reginal de Lizárraga. También lo hace Ventura Trabada y  Córdoba, quien trata sobre la fundación, erupciones volcánicas, blasones, lealtades, montes, ríos del entorno, la catedral, cosas extraordinarias y vida de los obispos. 

Raúl Porras Barrenechea, lo califica de “Memorialista venerable” y que tiene para la historia de Arequipa una enorme importancia. Otro destacado historiador contemporáneo, Eusebio Quiroz Paz Soldán,  señala a Trabada y Córdoba como “uno de los monumentos de la historiografía inicial arequipeña”. En cuanto a monografías de la ciudad resalta la realizada por Antonio  Álvarez y Jiménez, en donde se ocupa, entre otros temas, de la manera de vivir a fines del siglo XVIII. 

            Lo más notable escrito por diferentes viajeros del siglo XIX, sin la menor duda, es el libro “Peregrinaciones de una Paria” de Flora Tristán, producto de su estadía de casi dos años en la ciudad donde nació su padre Mariano Tristán y Moscoso. La joven dama francesa arriba a Arequipa para reclamar a Pío Tristán, su próspero tío, la herencia que le corresponde por la parte de su padre Mariano. Al no llegar a un acuerdo Flora, abandona la casona de los Tristán, viaja a Lima y ya en París escribe la obra citada, en donde pinta lo que acontece en cuanto se refiere a costumbres, tradiciones, reuniones, procesiones. 

Naturalmente, se explaya en las revoluciones y  batallas, en especial entre el general y prefecto Domingo Nieto y el general Miguel de San Román. Según Flora, al término de la batalla en las alturas de Paucarpata, ninguno de los dos sabía quién era el triunfador. Expone una amplia información de la vida en los conventos de clausura de Santa Teresa y Santa Catalina, con ocasión del refugio a las damas que otorgan las monjas de clausura ante la evidencia de ser invadida la ciudad por el ejército de un caudillo militar. Varios distinguidos historiadores han escrito elogiosamente sobre la Tristán. Entre los más destacados están Luís Alberto Sánchez y el doctor Gustavo Baca Corzo. 

            El país, la ciudad, la sociedad se adentra en la República y es en ella que la pequeña burguesía como el chacarero, el lonco, el cholo arequipeño, con intuición y amor a la Patria, se pronuncia cuantas veces sea necesario defendiendo la libertad. Acude presuroso, fusil en mano,  a la plaza principal cuando las campanas de sus templos tocan a rebato. Siempre acompaña a sus propios líderes por lo que, en ofrenda, dice de Arequipa el poeta César Atahualpa Rodríguez: “Mujer, en la apariencia cuando sueña; varón en realidad porque sus sueños son la trama de turbulento meditar”. Qué arrebatador homenaje lírico. Porque, en verdad, Arequipa es romántica, porque con facilidad se apasiona y cuando llega el momento de la confrontación no teme teñir de rojo, con su propia sangre, baldosas de blanco sillar. 

             Cómo no referirse al respaldo popular, cuantas veces solicitara el general Vivanco. La heroica ciudad, asediada y cercada durante meses, en 1858, por el ejército del mariscal Castilla, finalmente, las sucesivas refriegas entre las huestes de Vivanco y Castilla, culminan cuando éste decide atacar por la zona de San Pedro, entrando, a sangre y fuego, por el convento de Santa Rosa. Allí se inmola el juvenil vate Benito Bonifaz, quien dirige la batería instalada en la barricada Malakoff. Cae derrotada, la “Columna Inmortal” y con ella la juventud defensora del honor mistiano. La ciudad sufre consecuencias de orden administrativo dispuesto por el Gobierno de Castilla, que, después, son recuperados porque la generosa luz que irradia el sol arequipeño no se lo puede tapar con un dedo o decreto. 

            Ahí está el Deán Valdivia quien en su obra Las Revoluciones de Arequipa, relata a manera de exaltadas crónicas y podría calificarse hasta como  testimonios, los acontecimientos protagónicos revolucionarios de 1834 a  1866.  En los cuales la sotana no incomoda para luchar como cualquier otro chacarero o para arengar, con provocador altisonante verbo, a las multitudes. Pero no sólo se queda en heroica actitud. La cultura la enarbola cuando dirige la Academia Lauretana, la Universidad del Gran Padre San Agustín. O escribe los innumerables editoriales del periódico El Yanacocha. “¡Oh torvo Deán Valdivia! Audacia racial perdida en el tumulto…”. Así lo denomina y pinta  el poeta Renato Morales de Rivera. 

            Y cuántos otros héroes  cayeron en defensa de sus ideales o sufrieron innumerables persecuciones o destierros como aquel del Presidente Francisco García Calderón, arequipeño, quien resistió las presiones y amenazas de los invasores chilenos al pretender intimidar para firmar la paz pero a cambio de entregar vastos territorios peruanos al sur de Moquegua. Su Gobierno, con sede en Magdalena, fue notificado que el Presidente sería deportado y que tenía 24 horas para arreglar  asuntos personales. 

Es de suponer que el Gobierno chileno no deseaba cargar con el oprobioso baldón de tener cautivo al propio Presidente peruano. Sin embargo García Calderón, cumplido el plazo fijado, en valeroso desafío, se presentó y sufrió humillante destierro, en un cuartel de bomberos, en Chile. Obligó así, con su sacrificado ostracismo, que el mundo comprobara la arbitrariedad del país victorioso de la guerra de 1879. Pero la firma de este recio arequipeño jamás fue estampada en documento alguno que confirmara la disgregación del territorio patrio. ¡Brindemos un cálido homenaje a tan preclaro ciudadano! 

            Y a mediados del siglo pasado, tres vidas se entrelazan en el fatídico pero imborrable año de 1950. Allí cae acribillado por las balas de un despótico gobierno, el mártir de la juventud doctor Arturo Villegas Romero, cuando con bandera blanca de parlamentario cruzaba la Plaza de Armas. Buscaba la paz y recibió balas asesinas. Francisco  Mostajo, el legendario caudillo que, a pedido del pueblo, asume dirigir la rebelión contra el dictador Odría y el jurisconsulto José Luís Bustamante y Rivero, extrañado del país una vez derrocado por el cuartelazo de Odría, enterado de la tragedia, desde Nueva York lanza una enérgica protesta pública y escribe una sentida carta a los padres de Villegas. Los tres: Bustamante, Mostajo y Villegas, destacados hombres de leyes hermanados por el profundo contenido de sus escritos; vinculados por sus sacrificios para honrar la democracia; y están, estrechamente, asociados por el meritorio bagaje cívico, político, intelectual, ético y moral que engalanan a cada uno de ellos. 

            Villegas, con apenas 25 años de edad, era autor de varios libros de historia y estaba graduado de abogado y doctor en letras e historia, con brillante porvenir personal fue cercenada su existencia en plena hermosa y pujante juventud. José Luís Bustamante y Rivero, distinguido jurisconsulto, por méritos propios integra el más alto tribunal del mundo, la Corte Internacional de la Haya y ejerce hasta su muerte la responsabilidad de Senador Vitalicio. El bronco catedrático Francisco Mostajo, legendario caudillo, en toda rebelión, el pueblo en hombros lo conducía hasta la histórica pontezuela ubicada entre las columnas de la catedral, para con su sabia palabra orientara a la ciudadanía. 

En esta singular noche de remembranzas, como dejar de exaltar a mi padre Aurelio Díaz Espinoza, quien con su creatividad musical compuso la melodía, bellamente armonizada, del Himno de Arequipa, inspirado en los cautivantes versos del poeta  Emilio Pardo del Valle. Ambos obtuvieron el primer premio en los respectivos concursos nacionales convocados por ese gran alcalde arequipeño, Julio Ernesto Portugal, con ocasión de la solemne celebración en 1940, del IV Centenario de la fundación española de la ciudad. Participaron en cada sector, el musical como en el poético, célebres compositores y poetas.  Todos sabían que quien lograra el triunfo pasaría a la historia y, por siempre, sus nombres estarían en labios de una detrás de otra generación. 

Mi padre, lo sé porque mi madre lo relató, no quiso concursar. Arguía que el rumor, en el ambiente musical de la época, señalaba como participes a  nombres de compositores académicos y otros de reconocida inspiración de Lima. Arequipa y otras ciudades. La víspera de cierre del concurso, cuyo jurado lo presidia  el laureado compositor Manuel Aguirre, se cruzó con el Alcalde en el Portal de la Municipalidad. Éste se sobre paró y le dijo: ¿Don Aurelio, ya registró su música para el concurso del himno? La respuesta evidenciaba su modestia: “No, señor Alcalde, la competencia es muy difícil”. Julio Ernesto Portugal le respondió: “Anímese profesor Díaz; pero apresúrese que mañana se cierra el plazo”. 

Ese incentivo repercutió en lo más profundo de su espíritu, y mientras cruzaba el Portal de San Agustín y bajaba por la calle del mismo nombre en dirección a su casa en Bolívar 207, afluían en su mente las notas musicales de la estrofa principal. Conocía de memoria el poema triunfante de Pardo del Valle y cuando llega y cuenta a mi madre Lucrecia  el encuentro con el alcalde, ella lo abraza y  tiernamente le susurra al oído: “Aurelio Díaz es el compositor del Himno de Arequipa”. Y una vez más afloró su enérgico carácter cuando espetó: ¡Escríbelo! Así fue como la partitura con el seudónimo “Changuito”, sobrenombre cariñoso que me puso mi padre durante mi niñez, ¡triunfó!

             Como no transportarse al corazón de Arequipa, a su Plaza de Armas, a sus agraciadas calles, a saber: La Merced, Ejercicios, San Francisco y tantas otras. Basta cerrar los parpados y ver a través de ellos el inagotable paisaje de su campiña iluminada por la brillantez de su siempre cielo azul. Y cuando estamos lejos de la madre tierra, cuántas vivencias y recuerdos fluyen; o cuando  profundamente emocionados cantamos la palpitante melodía y certeros versos: 

“Entonemos un himno de gloria a la Blanca y Heroica ciudad. Cuatro siglos de historia forjaron el baluarte de la libertad”. Y, en  acto premonitorio, porque se viene cumpliendo a lo largo de los años, emerge el segundo tema musical del Himno, iluminado por la belleza del poético párrafo: “¡Siempre tendrás juventudes que renueven laureles de ayer!”. 

            Y para orgullo de todos nosotros, pasando a la realidad actual, los resultados macroeconómicos de la Región son halagadores, pues,  el Perú, en el último decenio su PBI aumentó en 80%. Pero Arequipa, según el Instituto Peruano de Estadística (IPE), creció por encima de la media nacional 10,8%. En especial, en el último quinquenio. El millón de habitantes que disfrutan de su templado clima mejoran sus condiciones de vida. 

La pobreza ha descendido, como en el resto del país, de 53 a 27%. La oportunidad de trabajó aumenta constantemente porque crecen las industrias, servicios y porque a escasos 30 kilómetros se encuentra en plena producción el gran centro minero Cerro Verde que, actualmente invierte 3.800 millones de dólares, para triplicar su  producción de cobre. Y ya se vislumbra la posibilidad que ingrese el nuevo centro minero de Tía María, con una sustancial inversión de 1.200 millones de dólares, al margen de otras explotaciones en distintas provincias. Según el Ministerio de Energía y Minas, en el lapso próximo de cinco años, los proyectos mineros sumarán una inversión de 31 mil millones de dólares,  dejando al Tesoro peruano tres mil millones de dólares anuales. 

Añadido a lo anterior está la agroindustria que, en Vítor, La Joya, Santa Rita, Tambo, Majes y otros valles, avanza en el empeño de utilizar gran parte  de las 85 mil hectáreas bajo cultivo y así generar una sostenida exportación a distintos mercados del mundo. 

            Gloria, la emblemática marca de leche envasada, originaria de Arequipa, hoy la consumen en distintos continentes. Como  aquel otro componente básico para la industria de la construcción, el cemento; en particular, el producido y de marca Yura, se exporta a varios países latinoamericanos. 

 Y el agua, ese elemento vital para la vida, se la tiene regulada en cinco represas, a saber: El Frayle, Aguada Blanca, Piñones, Pañe y Condoroma. Almacenan alrededor de 450 millones de metros cúbicos, con un futuro promisor cuando entre en servicio Angostura, con otros mil millones de metros cúbicos capaces de generar 600 megawatios y 40 mil nuevas hectáreas de tierra agrícola en las pampas de Majes, Siguas como en el propio Angostura. Es así como está y continuará regulada el agua para la vida humana, agricultura, minería, industria y energía eléctrica. 

Pero el sostenido desarrollo es paralelo a las vías de comunicación. La Carretera Interoceánica abre las puertas a la exportación directa al gigante Brasil y, a su vez, de éste los productos brasileños pueden salir por dicha carretera a través del cada vez más eficiente puerto de Matarani, que es una de las ventanas comerciales de los mercados del Asia Pacífico. Como no resaltar la sustancial modernización del legendario ferrocarril del Sur. En los próximos cuatro años invertirá 200 millones de dólares para mejorar sus servicios y con ello asegura transportar concentrados de minerales de varias nuevas inversiones mineras en la Sierra que significan varios miles de millones de dólares. 

A todo ello, se suma la inminente llegada del gas de Camisea a Matarani que dará pie a la versátil industria petroquímica, al margen de otros múltiples beneficios. 

            Las diferencias actuales con lo que acontecía en los años en donde participé como parlamentario es que, en ese entonces, las grandes inversiones las realizaba el Estado con recursos propios o créditos públicos. Yo mismo puse la primera piedra de la Represa de Aguada Blanca y participé en la inauguración de la Represa de Condoroma, junto al Presidente Fernando Belaunde. Igualmente, en varios proyectos de irrigación o ampliación como los de la Joya, San José o en la Central Hidroeléctrica de Charcani V, y en tantas otras importantes obras. 

 Hoy, a diferencia de ayer, la mayoritaria inversión está a cargo del sector privado. El gran impulsor del desarrollo son los inversionistas extranjeros o locales que arriesgan sus propios recursos económicos sin comprometer al Estado o reduciendo sustancialmente su participación. En otras palabras, el futuro de Arequipa está en manos de los propios arequipeños y de foráneos que tienen fe y confianza en ese aguerrido pueblo que su ímpetu lo sabe, apropiadamente, conducir en aras del progreso. 

            ¡Gloria a Arequipa! ¡Gloria a la tierra de insignes ciudadanos! Entre otras expectativas, porque perennemente habrán legendarias generaciones listas a emular la sensibilidad, cultura, devoción, patriotismo, autoestima que, a lo largo de los siglos, han sido virtudes de hombres y mujeres de la palpitante pujante Ciudad Caudillo. 

Hoy emporio de progreso y desarrollo. Mañana, lucero que brillará en la inmensidad global y universal por sus logros a alcanzar y por su eficiente competitividad frente al desafío del futuro. Ante los nuevos retos, Arequipa se prepara y como en todo aquello en que se empeña, afirmo: ¡Sabrá triunfar! 

                       Muchas gracias

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